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Archive for the ‘Historias’ Category

La Mesa Blanca

junio 12, 2013 Deja un comentario

mesa_blanca

Hay una gran mesa blanca más allá. De perfiles cuadrados, amplia y larga. Con dados de todos los colores, bolsas de patatas, hojas de personaje, libros y figuritas. Una mesa blanca con sillas alrededor. Esperando, aguardando. Un día uno de los jugadores llega, se sienta en su silla y practica con los dados. Rellena su hoja, consulta los libros, esperando. Otro día otro de los jugadores llega y ambos se ponen a charlar. Rememoran historias, anécdotas, pequeñas o grandes aventuras. Y luego llega otro más, y otro, y otro. Y al final todos están allí, sentados en sus sillas, dispuestos para la partida. Entonces uno dice: ya empiezo yo. Y se sienta en la cabecera para arbitrar. Y así, van pasando, uno tras otro, rehaciendo las partidas vividas a lo largo de la vida para al final, volver a empezar, quizás con alguna nueva…

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La Legión Romana

marzo 5, 2012 2 comentarios

ImageEstructura de la Legión romana

La estructura básica del ejército romano es como sigue:

Contubernium: (grupo de tienda de campaña) formado por 8 legionarios. Tenían dos auxilias que se encargaban de la mula y hacían servicios de carpintería y herrería que hacían un total de 10 hombres.

Centuria: Se compone de 10 contubernium con un total de 80 legionarios (100 hombres con los auxilias) al mando de un centurión

Cohortes: Incluye seis centurias o un total de 480 combatientes, sin contar los oficiales. Además, las centurias de la primera cohorte tenían el doble de efectivos, pero sólo habían 5 centurias en lugar de las 6 habituales.

Legio: (Legión) consistía de 10 cohortes.

Además, cada legión tenía 120 Alae dentro de la Eques Legionis (unidad de caballería) que estaban permanentemente asignados a ella. Eran utilizados como exploradores y mensajeros.

Por tanto, los efectivos de combate de la Legión eran:

La primera Cohorte con un total de 800 hombres (5 de centurias de fuerza doble con 160 hombres cada uno); 9 cohortes (con 6 centurias de 80 hombres cada una) con un total 4.320 hombres, y adicionalmente 120 hombres de caballería. Todo ello contabiliza un total de 5.240 hombres (no incluidos todos los oficiales). Además habían auxiliares no combatientes que no están contabilizados aquí (cada centuria tenía unos 20, con lo que 80 + 20 = 100 hombres por centuria)

Oficiales Superiores de la Legión romana

Legatus Legionis: El comandante de la Legión. Este puesto era nombrado por el emperador. Era un ex Tribune y se comisionaba para este cargo por 3 o 4 años, aunque podría servir un período mucho más largo. En una provincia con una sola legión, el legado era también el gobernador de la provincia y en las provincias con legiones múltiples, cada una tenía su Legatus y el gobernador de la provincia el mando general.

Tribunus Laticlavius: El nombre le venía por la toga con una banda usada por los hombres de rango senatorial. Era nombrado por el emperador o el Senado. Aunque eran por lo general muy jóvenes y con menos experiencia que el Tribuni Angusticlavii, se desempeñaba como segundo al mando de la legión, detrás del legado.

Praefectus Castrorum: El Prefecto de campo. Era un Centurión veterano que había sido promovido a través de las filas de los centuriones y se consideraba como tercero en el mando de la Legión..

Tribuni Angusticlavii: Cada legión tenía 5 tribunos militares que provenían de la clase ecuestre (Caballeros). En muchos casos eran oficiales de carrera pero podían provenir del “servicio militar” de la clase ecuestre o patricia.

Primus Pilus: El “Primera Línea”, era el centurión comandante de la primera cohorte y el principal de la Legión. El servicio en este puesto de trabajo permitía la entrada en la clase ecuestre en la jubilación.

La primera cohorte tenía una centuria menos (5 en vez de 6) pero todas ellas tenían el doble de efectivos con lo que dicha cohorte tenía 800 combatientes. Si contamos los auxiliares la cosa llega a unos 1000 hombres en vez de los 600 habituales y por ello a veces es llamada milenaria. La estructura de la legión con el nombre de sus centuriones es la siguiente:

Centuria

Cohort V

Cohort IIII

Cohort III

Cohort II

Cohort I

I

(Quintus) Pilus Prior

(Quartus) Pilus Prior

(Tertius) Pilus Prior

(Secundus) Pilus Prior

Primus Pilus

II

Pilus Posterior

Pilus Posterior

Pilus Posterior

Pilus Posterior

III

Princeps Prior

Princeps Prior

Princeps Prior

Princeps Prior

(Primus) Princeps

IIII

Princeps Posterior

Princeps Posterior

Princeps Posterior

Princeps Posterior

Hastatus

V

Hastatus Prior

Hastatus Prior

Hastatus Prior

Hastatus Prior

Princeps Posterior

VI

Hastatus Posterior

Hastatus Posterior

Hastatus Posterior

Hastatus Posterior

Hastatus Posterior

Centuria

Cohort X

Cohort VIIII

Cohort VIII

Cohort VII

Cohort VI

I

(Decimus) Pilus Prior

(Nonus) Pilus Prior

(Octavus) Pilus Prior

(Septimus) Pilus Prior

(Sextus) Pilus Prior

II

Pilus Posterior

Pilus Posterior

Pilus Posterior

Pilus Posterior

Pilus Posterior

III

Princeps Prior

Princeps Prior

Princeps Prior

Princeps Prior

Princeps Prior

IIII

Princeps Posterior

Princeps Posterior

Princeps Posterior

Princeps Posterior

Princeps Posterior

V

Hastatus Prior

Hastatus Prior

Hastatus Prior

Hastatus Prior

Hastatus Prior

VI

Hastatus Posterior

Hastatus Posterior

Hastatus Posterior

Hastatus Posterior

Hastatus Posterior

 

Equivalencia de mandos con los actuales

Como ya hemos visto la unidad básica de la Legión es el Contubernium de 8 hombres mandados por un  “Decanus” (no confundir con Decurion ya que éste es un mando de caballería). Por ello podríamos considerar al Decanus como el Sargento actual. Dos Centurias formaban un Manípulos y eso (unos 160 combatientes) sería el equivalente a una compañía actual. Por ello un Centurión normal estaría entre Teniente y Capitán. El Centurión elige a uno de sus Decanus como ayudante: Optio. Éste sería como un Sargento Mayor (o por aquí Brigada). Podríamos decir que los Decanus y Optios son los suboficiales y los Centuriones los oficiales.

Hasta aquí es simple pero ahora viene un problema. Resulta que no todos los centuriones tienen la misma jerarquía sino que dependen del tipo de centuria que comanden. Además los mandos superiores de una legión provenían por una parte de los centuriones veteranos y por otra de los jóvenes de la clase ecuestre o patricios que hacían su “servicio militar” como Tribunos. Algunos de estos Tribunos se quedaban en el ejército como Tribunos profesionales.

Pasemos primero a la organización de los centuriones: El centurión al mando de la primera centuria de una cohorte mandaba al resto de centuriones de esa cohorte. Y el centurión al mando de la primera cohorte de la legión mandaba a todos los de su cohorte y a todos los del resto de la legión Éste es el Primus Pilus. En concreto, dentro de una cohorte tenemos esta jerarquía:

Primus Pilus (1 Cohorte) o Pilus Prior

Princeps

Hastatus

En cuestión de equivalencias de rango con un ejército moderno podemos pensar en esta relación:

–                Centurion (Hastatus): Teniente

–                Centurión (Princeps): Capitán

–                Centurion (Pilus Prior): Comandante

–                Centurion (Primus Pilus): Teniente Coronel

Pero ahora vienen los Tribunos. Éstos (muchos sin experiencia militar) reciben el mando de la cohorte. Es decir que el centurión de la primera centuria de la cohorte le asiste y manda esa cohorte en su ausencia. El Tribuno sería lo equivalente a un Teniente Coronel de ahora. Además, de la misma manera que antes, existe una jerarquía entre Tribunos. El de la primera Cohorte es superior a los otros y es nombrado por el senado (es el Tribunus Laticlavius) y puede ostentar el mando de la legión en ausencia del Legado (es muy posible que el legado sea él mismo). Sería un Coronel que es asistido por el Primus Pilus. Si hacemos la equivalencia con los mandos actuales tenemos:

–                Teniente: Centurión (Hastatus)

–                Capitán: Centurión (Princeps)

–                Comandante: Centurión (Pilus Prior)

–                Teniente Coronel: Tribuno, Primus Pilus

–                Coronel: Tribunus Laticlavius, Praefectus Castrorum

–                General : Legado

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Más Real que la Vida Misma (extracto de una partida de rol)

junio 6, 2011 4 comentarios

UN GRUPITO COORDINADO…

Situación: Los personajes acuden a El Cairo para asistir a un congreso de Egiptología. Es el año 1933, ellos son:

  • Uno de los hijos del Maharaja de Kapurtala. Joven, de unos 22 años, atractivo.
  • Un ex – ranger americano. Tipo rudo, de treintaytantos.
  • Un arqueólogo, típico profesor de universidad, de treintaymuchos. El primero de los personajes fue alumno suyo y ahora le ayuda en sus investigaciones. El segundo es el encargado de la seguridad en sus excavaciones.

Acaban de llegar a El Cairo. El congreso empieza al día siguiente así que deciden pasar el día visitando la ciudad. Después de algunas correrías (en el sentido estricto de la palabra) por las callejas del bazar y de adquirir fruslerías a mansalva, los personajes acuden a una casa de juegos del centro. Un local de alta categoría que les han recomendado, donde los occidentales (y su dinero) son muy bienvenidos. El caso es que mientras toman asiento en su mesa, se les acerca uno de sus viejos conocidos, el doctor Belloq (el típico archi-enemgio elegante y astuto). Éste viene acompañado de una belleza rubia de ojos azules muy alta y de rasgos germánicos. El doctor (que también esta invitado al congreso) pide sentarse a su mesa para jugar algunas manos con ellos. Evidentemente aceptan y empieza el juego. La chica rubia se pone de pie a la espalda del doctor (para darle “suerte” dice). Al cabo de algunas manos perdidas, el buen doctor empieza a hacer trampas gracias a las cartas que subrepticiamente le pasa la rubia. Pero con tan mala pata que es pillado in-fraganti por uno de los personajes (el tipo rudo). La cosa no llega a las manos, las normas del local y los excelentes modales del doctor que enseguida se disculpa, lo evitan. Pero el caso es que ya se ha establecido una cierta conexión entre el atractivo hijo del Maharaja y la rubia despampanante. En un aparte éste consigue una cita: esta noche en una elegante qahwah (café).

Al poco el grupo se separa. Por un lado el arqueólogo quiere acudir a la Ópera de El Cairo, donde van a interpretar el Aida de Verdi, mientras que los otros dos prefieren probar los cafés locales. El caso es que el profesor, ya sentado en su palco, observa que en el palco de enfrente (al otro lado del teatro) se encuentra el doctor Belloq acompañado de la exuberante rubia. Evidentemente no les quita ojo de encima y, hacia la mitad del concierto, observa cómo el doctor se levanta y sale del palco. Y, claro está, nuestro arqueólogo también sale del suyo para investigar. Ocultándose como mejor sabe entre columnas y cortinas va siguiendo a su objetivo hasta la puerta del vestíbulo. Allí vé que el doctor se encuentra con un hombre alto, rubio, ojos azules, rasgos germánicos, que viste gabardina y tiene un cierto aire militar. Los hombres hablan en voz baja así que intenta aguzar el oído pero su escondite no es muy bueno y es visto por el hombre alto que le hace un gesto a Belloq y la cosa se interrumpe. Poco tiempo tiene nuestro profesor para ocultarse de nuevo tras una cortina y dejar pasar al doctor que vuelve a su palco. Pero lo consigue y desde su improvisado escondite vigila cómo el doctor vuelve a su palco. Y también vé algo más. Hay alguien oculto tras una de las cortinas del otro lado. Es la rubia! que al entrar el doctor en el palco se apresura para salir y bajar al vestíbulo. Entonces nuestro afamado arqueólogo toma una rápida decisión: seguirá a la rubia a ver donde va…

Ésta llega apresuradamente al vestíbulo y coge uno de los taxis que esperan a la gente para cuando acabe el concierto. Nuestro personaje garrapatea rápidamente una nota para sus amigos y se la confía a uno de los taxistas con la instrucción de dársela a los otros personajes que le aguardan en la qahwah mientras él coge otro taxi para seguir al de la rubia. Resultado: tres taxis avanzan rápidamente por las callejas de El Cairo en la misma dirección hasta llegar y detenerse en el mismo sitio: la qahwah de la cita.

La escena final es como sigue: el hijo del maharajah y el tipo rudo se encuentran disfrutando de una buena narguile (rellena de tabaco aderezado con un poco de hachis) cuando ven entrar a la belleza rubia que se dirige hacia ellos con una sonrisa. En eso que entra corriendo un taxista con una nota y el encargado del local les señala. El taxista les entrega la nota que dice: “estoy siguiendo a la rubia” firmada por el profesor que entra en ese momento en el local con cara de circunstancias…

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Memorias de un Jugador de Rol

octubre 13, 2009 Deja un comentario

Todo empezó a finales de los 70 y principios de los 80. Yo formaba parte de un grupito de gente, estudiantes de instituto, que se reunían los sábados por la tarde para jugar a temáticos: King Maker, Dune, Samurai, Magic Realm, etc. Recuerdo que jugábamos en un garaje habilitado (sin coche) que tenía disponible uno de nuestro grupo. Era un sitio solo para nosotros, con una mesa grande, unos posters y, sobre todo, la ausencia de cualquier persona adulta.

Un buen día, uno de nuestro grupo se trajo un amigo con un nuevo juego. Se llamaba Dungeons & Dragons y se jugaba con un dado muy raro, un dado de 20 caras. Pero el dado era lo de menos, lo realmente interesante era que en ese juego podías encarnar a un personaje fantástico. Yo elegí sin dudar al mago. Mala elección, supe más tarde, ya que ese personaje era muy frágil y bastante inútil a nivel 1. Pero nos lo pasamos en grande, aunque morimos todos antes de acabar la aventura.

Después de ese primer contacto nos quedamos con ganas de más. Desafortunadamente ese “master” no volvió a aparecer por nuestro grupo. Así que no nos quedó más remedio que intentar conseguir el juego. Pero eso no era cosa fácil, la verdad. Por aquel entonces las pocas tiendas que vendían juegos de un estilo parecido (los temáticos que he mencionado antes y los wargames) no tenían juegos de rol. Recuerdo que había visto una vez, en una de esas tiendas (Jocs and Games, creo) , un D&D de promoción (en caja blanca) y, aunque se suponía que no tenían que venderlo, obviamente lo hicieron. Siempre pensé que el ejemplar del juego que trajo aquel Máster bajo el brazo era precisamente ese.

Pasó casi un año antes que uno de nuestro grupo localizara un juego parecido al que habíamos jugado. Se llamaba DragonQuest (http://en.wikipedia.org/wiki/DragonQuest). Sí, ya sé, no lo habíais oído nunca. Era un juego inglés, muy parecido al Rune Quest, con tiradas de porcentaje. ¿Tiradas de porcentaje? ¿cómo se hacen? Nos preguntábamos. Pues había varias posibilidades: la posibilidad A) era conseguir dados de diez caras con los que poder hacer una tirada para las decenas y otra para las unidades. Esa posibilidad estaba descartada ya que no existían dados de esos. En las tiendas nos miraban raro cuando los pedíamos. Yo incluso busqué en tiendas de artesanía (esas en las que te venden los elementos para hacer una figura de yeso y similares) por si tenían figuras geométricas de madera que pudiera hacer servir como dados, pero nada. Así que nos quedaba la posibilidad B), explicada en el mismo juego, consistente en recortar 10 cuadraditos en cartulina blanca y 10 cuadraditos en cartulina negra, numerarlos del 1 al 10 y ponerlos en dos tazas, los blancos en una y los negros en otra. Para hacer la tirada sacábamos un cuadradito blanco y otro negro. Pero al final se nos ocurrió otra posibilidad, la C) que era programar una calculadora de nueva generación (esas HP que hacían un programita en lenguaje polaco inverso) y generar un número aleatorio entre 1 y 100.

Ya teníamos el juego y la forma de hacer las tiradas. Pero ahora uno de nosotros se tenía que “sacrificar” por el resto, preparar la aventura y dirigirla. A nadie le convencía mucho la idea, todos queríamos jugar, eso de “dirigir” parecía aburrido. Pero a mí me pareció interesante porque tenía una idea acerca de un mundo fantástico en el que había un reino con un problema: Una especie de semidios maligno intentaba conquistar el mundo, el universo y todo lo demás. Todo un clásico, ya lo sé, pero tenía una idea original: el semidios maligno era en realidad un semidios bueno pervertido por una maldición. Y, para rizar el rizo, uno de los del grupo llevaría secretamente a ese semidios maligno (sin saber su verdadera naturaleza) haciéndose pasar para el resto del grupo como co-Máster (ayudante del Máster). Liadillo, ya sé, pero funcionó. Nos lo pasamos bien jugando esa campaña que duró varios meses y, cuando al final acabó (final apocalíptico donde el malo se vuelve bueno al romperse la maldición y ayuda al grupo contra los verdaderos malos que estaban invadiendo el plano), todos nos quedamos con ganas de más, MUCHO MÁS. Así que pasé la antorcha al antiguo co-Máster y jugamos una aventura diseñada por él. Si yo era enrevesado diseñando mundos el lo era aún más, o, tendría mejor que decir que lo hizo más a lo grande. Puso mi reino como parte de un continente que era parte de un mundo al que llamó “Qualor”. Durante los años siguientes nos turnamos arbitrando y jugando aventuras dentro del mundo de Qualor hasta que llegó un día en el que vimos un cartel que cambió nuestras vidas.

Se trataba de las primeras jornadas de Rol que organizó el club Auryn. Evidentemente fuimos para allí y lo que vimos nos gustó mucho. Ellos jugaban al D&D. Ese juego al que habíamos jugado al principio y tenían un “local” en la parte superior de un bar (la parte que utilizaban los del bar cuando querían organizar un banquete). Allí empezó mi relación con el club, primero como socio, más tarde como miembro de la junta, al final como presidente. Pero eso fue muchos años después. Por aquel entonces yo y los de mi grupo sólo éramos socios y empezamos a jugar con los otros miembros. Y fue un “matrimonio” si puedo llamarlo así, perfecto. Jugando con gente como Jordi Cabau, Ernest Urdi, Luis d’Estrées (presidente del club) y, claro está, Ricard Ibáñez al que creo conocéis todos (¿quién no ha jugado a Aquelarre?). De hecho, respecto a Ricard, puedo decir que arbitraba por aquel entonces un juego un poco… ¿cómo decirlo? ¿para masoquistas?, en fin, arbitraba Paranoia y, sinceramente, he perdido la cuenta de la de clones que me mató. Pero, eso sí, me lo pasé en grande!!.

El club Auryn se había fundado en 1986 con el objetivo de difundir el Rol. Por eso, en los años siguientes, hicimos varias actividades, roles en vivo, campeonatos, etc. Un grupo, liderado por el presidente, preparó un boletín del club, con el nombre de “TROLL boletín del Club de Rol Auryn”, que luego se desvinculó del mismo para formar la revista Troll. Años más tarde, por el 1989, yo y otros sentimos la “necesidad” de hacer otra revista o, mejor dicho, “fanzine”, e hicimos un nuevo experimento: la revista Playrol, de la que publicaríamos tan sólo 7 números. El primer número fue hecho totalmente a mano. Para los siguientes utilicé un programa de maquetación, el Page Maker (pirata, claro) que imprimíamos en la impresora láser de un centro cívico. Con ese “original” íbamos a una imprenta para que nos hiciera unos 100, 200, y hacia el final llegamos a una tirada de 1000 ejemplares (impresos y encuadernados en forma de revista). La distribución la hacíamos en coche, pasando por las tiendas especializadas de entonces. Y parte de la financiación la conseguíamos de anuncios de esas mismas tiendas.

Durante esos años y los siguientes pasaron muchas cosas. Se creó Joc Internacional, que publicó el segundo juego traducido al castellano, La Llamada de Cthulhu. Para nosotros fue algo muy importante, por fin empezábamos a tener varios juegos en nuestro idioma. En esa época algunos de nosotros hicimos nuestros pinitos con los medios de comunicación, curiosos del fenómeno rol. Algún programa de radio, alguna entrevista. Pero de pronto un amigo nuestro publicó de la mano de Joc un juego en castellano: Ricard Ibáñez con su Aquelarre. Fue algo muy divertido, nosotros probábamos las reglas de ese juego suyo y le hacíamos toda clase de “observaciones” más o menos constructivas (o destructivas).

Pasaron algunos años y un buen día me vino Ricard con una propuesta. El ya sabía que yo siempre estaba probando sistemas diferentes, variando reglas de los juegos para hacerlos más de mi agrado, etc. Me dijo que Joc estaba buscando a alguien para hacer un juego en catalán y que él había pensado en mí. ¿Qué iba a decir yo? Pues que encantado, ningún problema, siempre había querido hacer un sistema de juego propio (creo que todos hemos pasado por esa etapa). Al menos tenía la oportunidad de intentarlo de verdad.

Me reuní con el director de Joc Internacional, Francesc Matas, y quedamos rápidamente de acuerdo. La parte económica del acuerdo me era indiferente, no lo hacía por dinero, y las condiciones que imponía me parecían bien: juego en catalán, de nombre Almogàvers y que tratara sobre ellos. Así de simple.

Me puse a la obra inmediatamente pero he de reconocer que me llevó mucho más tiempo y trabajo del que pensaba en un principio. Por una parte estaba la cuestión histórica que, sin los recursos de internet de ahora, obligaba a ir a bibliotecas, comprar algunos libros sobre el tema etc. Pero esa parte fue relativamente fácil. Lo peor fueron las reglas de juego. Y eso, ¿porqué? os preguntareis. La respuesta es muy fácil: a medida que uno desarrolla un sistema que cree perfecto porque representa la realidad puntualmente, luego se da cuenta de que en la práctica resulta injugable. Y así se empieza en una espiral de toques y retoques de la que, confieso, me fue difícil salir. Pero al final diseñé un sistema que utilizaba un dado de 20 y una tabla de dificultades; que intentaba simular la condición física del personaje a medida que iba recibiendo golpes y heridas con palabras como: magullado, herido, etc; que tenía un proceso de construcción de cosas, pociones, artefactos, por etapas y que tenía un sistema de magia basado en rituales largos de realizar que podían conferir “poderes” al mago a cambio de un “pago”.

El juego salió a la venta con un éxito relativo (por no decir mediocre). Pero, a pesar de eso, más tarde me encargaron otro en la misma línea. Única condición: el nombre. Se había de llamar Tirant lo Blanc. Confieso que hasta ese momento no me había leído la novela. Fue una lectura interesante, sobre todo por lo recurrente que es el autor en las situaciones más típicas de la caballería medieval. En ese juego aproveché para pulir algunos aspectos de las reglas anteriores para hacerlas más fáciles y sencillas de aplicar.

Entre la publicación del Almogàvers y la propuesta del Tirant lo Blanc, recibí otra nueva oferta por parte de Joc. Resultaba que el actual director de la revista Líder (patrocinada por Joc) quería dejar su cargo y necesitaban a un nuevo director. Así que desde el número 47 hasta el último, el 62, la dirigí lo mejor que pude. Recuerdo con cariño las reuniones en mi casa con los redactores de la revista, revisando el material para el siguiente número y discutiendo el famoso tema de las portadas que venían, como siempre, impuestas por Joc. Otra imposición fue el tema de las cartas coleccionables que no era un plato de mi gusto aunque por aquella época todo el mundo parecía embobado por ellas.

Fue un período muy productivo para mí. A veces tenía que “llenar” la revista con varias aportaciones mías. Por eso yo y algunos redactores firmábamos con otros nombres para no dar la impresión de que sólo escribían unos pocos. Utilizaba siempre los mismos seudónimos que prefiero no mencionar. Y no es porque no recibiéramos colaboraciones, que sí que llegaban de vez en cuando, pero a veces no eran adecuadas para ese número y, en general, siempre fueron bastante escasas.

La revista cerró con la caída de Joc. Francesc me propuso que la continuara por mi cuenta pero yo, la verdad, ya estaba cansado de aventuras comerciales y preferí retirarme a la tranquilidad de las partidas semanales en el club.

Hace mucho tiempo de eso. En los últimos años he seguido el tema del rol como un consumidor más. De esa época me quedó, sin embargo, la costumbre de escribir mis módulos de rol y las variaciones a las reglas que utilizaba en mis partidas, aunque sólo fuera para uso personal mío y la de mis jugadores.

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